9.247 participantes, todo un record
La XXIII edición de la Bilbao-Bilbao supera las previsiones y bate su récord histórico de participación
Hay tantas vidas como formas de andar en bicicleta. 9.247 en la Bilbao-Bilbao, récord histórico de la prueba.
Hay algunos que antes de montar se abrazan a la liturgia. Empiezan así. La víspera. Cuando reinan las sombras en la calle y en la taberna, la luz amarilla que brilla en una botella de Heras Cordón, el vino riojano que encarga el Papa Ratzinger para llenar las copas doradas del Vaticano. Hay más cosas sobre la mesa del Antomar. Vasos en los que se escancia el caldo y con su candor arde la oratoria, el principio, la palabra trémula, justa y delgada que engorda, se expande y se asienta con una copita más. Se vacía la botella. Y el plato, tieso de jabugo, alimento de campeones. Así dicen que cenaba Anquetil. Sin medida. Llega otra de las del Papa, que se descorcha sola, sin esfuerzo. Y más platos. El chuletón, claro, que se queda en los huesos. Y en el filo de la hartura del banquete, los cinturones sueltos, los mofletes rosados y brillantes, los postres, que encuentran hueco donde pueden en el cristo que es el estómago.
Luego llueve. Algo de pacharán. Un chupito de orujo verde. O dos. Se lleva un rato hablando de lo serio, ellas, y de lo importante, los amigos. Ah, los amigos. “Lo mejor que hay, los que siempre están”. Todos asienten. Un brindis. “Por los amigos”. “Por la bicicleta”. Es cierto, ¡la bicicleta! Hay que cogerla en apenas unas horas. La espuela. Último chupito. Se apagan las luces amarillas.
A la mañana siguiente, bajo la Torre Iberdrola, duele la luz en los ojos ojerosos, pero, aunque tarde, allí están los cicloturistas bajados de Medina, cubierta la mitad nocturna de la Bilbao-Bilbao. Queda la mañana. 116 kilómetros. Salen. Sudan. La sangre de Cristo; la botella del Papa. Que les quiten lo bailado. Hay quien, medinés también, camino a casa se enredó de mala manera. “No he encontrado el rumbo hasta las cuatro”. La obligación moral de la noche, cuenta. Y pedalea. Por la carretera de la Ría primero, aún de mañana triste y silenciosa; luego, por las cuestas hasta el cielo insondable de Barrika y de allí, descenso rápido hacia Plentzia, donde tropiezan dos mundos: los ciclistas y los coches. Unos echan pie a tierra y avanzan lentamente; otros están envarados, taquicárdicos los que no llegan a trabajar, irritados los que ven pasar inútilmente los minutos del domingo. “Esto no es bueno”, dice Jorge; “hay que buscar la fórmula idónea para que nadie salga perjudicado”. ¿La hay? “Habrá que buscarla”. El percance queda atrás. Se arrastran las bicicletas cuesta arriba, por Umbe.
Resopla allí, pero poco, Juan Zamakona, 80 años ayer mismo, los últimos 30 montado en una bici. “Mi mujer me pregunta a veces cuándo lo voy a dejar y yo le respondo que cuando el cuerpo me lo pida”. Aún no. “Llevo 1.200 kilómetros este año, 300 menos de los que debería”. Anda los martes y los jueves, desde Ugao, vuelta por Sarasola, café y tortilla en Zeanuri, y a casa. Los sábados toca fondo. “No voy rápido, pero es porque el que es bueno no necesita demostrarlo”. Llega pronto a Bilbao, se ducha, se viste y celebra los 80 años con una mariscada familiar. La víspera, el sábado, había compartido una alubiada con los amigos de la bicicleta.
Hay quien respeta tanto el espíritu de la Bilbao-Bilbao, “cicloturismo de verdad”, que ni siquiera va. “Esos son los profesionales”, cuentan. Y hay profesionales del cicloturismo que están en la Bilbao-Bilbao y, asumida y entendida su filosofía, pasean. Otros no. Llaman: “¿Dónde estás?”. “En el bar que está casi arriba de Lauro, tomando un café y un pincho”. “Vale”. Luego pasan por delante y no paran porque no pueden hacerlo. Tienen que correr. Mucho. Es otra forma de andar en bicicleta.
Se puede correr también con las manos. Lo llaman handbike. O con piñón fijo. O pedal cambiado. Los hay que poseen bicicletas preciosas, negras de piel de carbono brillante; otros lucen entrañables cacharros de hierro. Una Otero de contrarreloj de la Once de principios de los 90, por ejemplo.
Hay quien nace como cicloturista en la Bilbao-Bilbao, la corre por primera vez y luego vuelve a casa en metro, orgulloso y casi incrédulo, pensando que nadie le va a creer cuando cuente en casa lo que ha hecho. ¿Y en el barrio? ¡Qué historia!
También está Juan, que hace dos años prometió ir, no lo hizo y su orgullo se hizo añicos. Lo recuperó ayer. Cubrió los 116 kilómetros, se sacó la espina, cerró la historia y esta noche ha dormido a pierna suelta.
Hay chiquillos, apenas diez años, que pedalean con sus piernitas ágiles hacia Begoña, ojipláticos ante la marabunta de gente que les rodea.
“Hay todo tipo de personas”, resume Javier Iturbe, organizador, que deja de lado el récord de participación y destaca el éxito “de un modelo único de cicloturismo auténtico que no permite la competición”. Un modelo que asombra Chechu Rubiera, Peio Ruiz Cabestany o David García, que están por ahí, por Bilbao, entre coloridos maillots que se abrazan. “Esto es promocionar el cicloturismo”, dicen maravillados.
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